Verde… mi color

Ayer fue un día cargado de verde. Verde de naturaleza, de armonía, de paz y de frescura. Verde de seguridad y estabilidad, pero también de crecimiento, de cambios, de creatividad y de amor.

El verde es el color de la esperanza, la que nunca ha de perderse. Es el color del reencuentro con la naturalidad que se ha perdido en la sociedad actual, pero al que tendemos a volver los que nos sentimos capaces de ser felices sin aceptar las reglas de la necesidad. Para mí el verde es el color del silencio. Aquel que encuentro cuando me pierdo en la naturaleza, cuando decido aislar las prisas, los ruidos y el ajetreo de la ciudad y me pierdo por la montaña, para buscar mi espacio interior.

Es el silencio que todos deberíamos buscar cada día en algún momento para conectar con nuestro yo. Es el silencio en el que la mente se vacía y se libera la imaginación. En el que el pensamiento no manda y manda el ahora, el presente que en la rutina queda carente de importancia. Es el momento de contemplar, aquel en que puedes empezar un diálogo con uno mismo y descubrir qué somos y qué queremos ser.

Suerte la mía que ayer tuve uno de esos días en que descubres un lugar maravilloso donde dejar que todos los sentidos capturen su energía. Un sitio privilegiado, en la ladera de la montaña y con vistas al mar. Ayer era un día para dejarse sorprender y disfrutar (como debería ocurrir cada día). El ahora quiso que la mente fijara la vista al frente y volara una mariposa recorriendo el espacio entre mi yo y el mar. Y en ese viaje dibujara la paz y el equilibrio que hemos de encontrar con uno mismo, la que ahora me embarga y me sostiene en el camino de retomar el rumbo de mi vida. Porque cuando uno deja fluir el entendimiento con su yo, ese diálogo carece de sentido.

Cada persona ha de encontrar su espacio, su punto de conexión consigo misma. Y los lugares o las circunstancias para ese silencio interior pueden ser diversos, así que es una tarea personal el encontrarlos. Sin embargo, la búsqueda de ese silencio interior suele resultar más sencilla cuando hay silencio ambiental y eso promueve que nos concentremos en nuestro diálogo interno entre pensamiento y emociones.

Un paisaje en el que se unen cielo, mar y montaña. Donde la noche te permite contemplar las estrellas y soñar con alcanzarlas… Donde cerrar los ojos y dejarse llevar es posible…

Quizás sea la edad la que nos permite evolucionar o reinventarnos y volver al niño que fuimos para disfrutar de nuevo con las pequeñas cosas que la vida nos ofrece. Quizás sean los días lluviosos de otoño los que nos dejan cierta nostalgia. Quizás sea la ilusión por ser felices lo que nos lleva a mirar el mar, azul, a través de las montañas que nos separan, mientras el sol busca entre las nubes.

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