Tiempo de cambios

Hace tiempo que mucha gente a mi alrededor habla de cambios, de necesidad de cambios. Como dijo uno de mis mejores amigos: “¿Tendrán al final razón los Mayas y se acerca el cambio de Era?”

Quién sabe si las profecías son correctas o si su interpretación es literal. Lo que no podemos negar es que cualquier tiempo es tiempo de cambios. Quizás la única diferencia es que en nuestro tiempo actual la velocidad del cambio es casi exponencial y la gestión del mismo es la clave para sobrevivir sin cargar con la pesada maleta que supone la negación de los mismos.

Como dice la ley de la conservación de la energía, “la energía no puede crearse ni destruirse, sólo se puede cambiar de una forma a otra”. ¿No es cierto que todos somos un conjunto de campos de energía? No podemos negar el cambio puesto que nuestra vida entera es una consecución de cambios, muchos de ellos visibles para los ojos de los demás y otros no tanto.

Los cambios más visibles son los que tienen lugar sobre todo en nuestros primeros años de vida hasta la juventud y en la edad más adulta. Cuando somos pequeños nuestras antenas son capaces de reorientarse cada instante para captar todo lo que hay alrededor. Es cuando nos dejamos sorprender, cuando la naturalidad fluye y absorbemos toda la información posible para ir configurando nuestro yo. Cuando llegamos a una edad adulta (aquí sólo puedo hacer hipótesis, que quizás algún día confirme), supongo que es nuestro yo reflexivo el que disfruta del recuerdo de las experiencias vividas, de los cambios que ha ido realizando, pero a la vez compara su yo con el de las personas más jóvenes que observa a su alrededor y que evolucionan dejando sus propias huellas.

Y en el medio, están los años en los que parece que el tiempo no pasa, en los que la rutina laboral (o personal) puede inundar nuestras vidas y dejar que la memoria únicamente recuerde que el tiempo pasa. Esta visión es triste porque significa que no valoramos suficiente la vida. Aunque suene a tópico, ¿qué pasaría si hoy fuera el último día de tu vida? ¿Por qué no vivimos cada día como si fuera el último? Ante estos interrogantes trascendentales podemos alterar nuestro pensamiento y querer hacer todo lo que hasta ahora hemos ido dejando en el desván del futuro o podemos simplemente disfrutar del ahora. Ser consciente de que toda vida tiene su final no significa temer a cada instante por lo que puede pasar, sino disfrutar en la alegría o la adversidad del momento presente.

Sin embargo, en este periodo de nuestra vida, tendemos a acomodarnos en nuestra zona de confort, en aquello que sabemos que hacemos bien, en aquello en lo que nadie pueda cuestionarnos. Preferimos la certidumbre a la novedad y la improvisación. Nos dejamos vencer por el miedo a que los cambios sean visibles y generen rechazo. Porque es la época del cambio interior, del crecimiento personal, cuando maduramos y gestionamos quiénes queremos ser. Es la etapa en la que debemos buscar nuestro equilibrio.

Con muchas personas he tenido la suerte de hablar de esto y, a pesar de que muchos me siguen dando grandes consejos, me atrevo a deciros que no os durmáis, no os acomodéis en la silla del trabajo ni renunciéis a buscar la felicidad. ¡Despertad! Salir de vuestra burbuja, descubrir que las fronteras de nuestra vida son aquellas que nosotros construimos a nuestro alrededor. Ser flexibles y dejaros cautivar por las pequeñas cosas que ofrece la vida. Vivir y gritar bien alto, como dice Bon Jovi, “I just wanna live while I’m alive. It’s my life“.

Llenemos nuestra vida de días que transforman energía, despertemos y demos un sentido a ese nuevo día que se nos ofrece. Como dice Javier Urra:

“Cada amanecer debe traernos algo con lo que estar entusiasmados. Disfrutemos con optimismo de los pequeños y efímeros placeres y detalles de la vida. Hagamos inmediatamente lo que sabemos propicia la felicidad. Es de sabios ser feliz con casi cualquier cosa, pues segundo a segundo se teje nuestra felicidad.”

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