Principio de confianza (1)

 “El compañerismo y la confianza surgen de forma natural cuando se respetan la disciplina y los buenos valores.”

Tao Zhy Gong

Hoy escribo sobre uno de los grandes pilares en que creo deberían basarse las relaciones personales: la confianza. En particular, quiero pararme a reflexionar sobre la confianza en las relaciones menos cercanas, pero que son las que se producen, probablemente, en la mayor parte de nuestro tiempo. Son las que mantenemos con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros vecinos, con nuestros familiares más lejanos, con aquellos que nos encontramos en las tiendas o con aquellos a los que el destino nos pone en el camino.

Aunque estos tiempos son difíciles, la gente en edad de trabajar tenemos que convivir (más horas de las que nos gustaría) con nuestros compañeros de trabajo. Y es que en el trabajo se pueden establecer muchas relaciones, dependiendo de nuestro sector, nuestra capacidad para relacionarnos o nuestros objetivos y responsabilidades para hacerlo. Pero sin ir más lejos, todos tenemos nuestro reducto en que hemos de relacionarnos cordialmente con algunas personas: el administrativo que lleva los papeleos, la secretaria del jefe (o de la jefa), el joven que tenemos a nuestro cargo o el superior que nos exige tener el trabajo al día. Con todos ellos debería regir el principio de confianza.

Albert Einstein decía que “lo peor es educar por métodos basados en el temor, la fuerza, la autoridad, porque se destruye la sinceridad y la confianza, y sólo se consigue una falsa sumisión”. No puedo estar más de acuerdo con él. Y puesto que durante años he trabajado con gente a cargo he podido observar que aprendemos mejor si alguien nos guía, aunque no podemos confiarnos de ser la guía de nuestros jóvenes de manera indefinida porque si no nunca se enfrentarán a la cruda realidad con suficiente coraje. Se ha de buscar el equilibrio entre formación y autoaprendizaje, entre errores de falta de experiencia y errores de falta de atención. Y es que, a veces, cuanta más confianza pones en los que tienes a cargo menos valoran el esfuerzo que haces por ayudarles.

Las promesas minan la confianza. Cada vez más escucho compromisos que adquieren los jefes de las empresas que pueden permitirse el lujo de capear la crisis y después a sus empleados quejándose porque nunca se cumplió lo prometido. ¿Para qué hacer una promesa que no tendrá lugar? La pregunta, muy obvia, parece que no lo es tanto a la luz del prejuicio que provoca. La vida ha de tener desilusiones y fracasos para que haya sorpresas y éxitos. Y es que la confianza entre los empleados y sus superiores se basa en el acuerdo de que cada uno jugará su papel, correctamente. Sin embargo, si alguien no cumple con su responsabilidad debería hacer autocrítica y saber reconocer el error para poder seguir en el camino del aprendizaje y del buen hacer. Ojalá que tanto los que tienen poder como los que tienen el deber de responder ante alguien interiorizaran este mensaje. Porque reconocer las equivocaciones no es un signo de debilidad sino de fortaleza. Porque frente a la facilidad de negar la evidencia, de vendarse los ojos y culpar al vecino de algo que no ha hecho, cada uno debe aceptar y defender sus actos y aprovechar las experiencias vividas para seguir adelante y mejorar.

Pero no sólo el trabajo requiere de una labor de confianza entre las personas. Cada día nuestros pasos se cruzan con decenas o centenas de desconocidos y conocidos que simplemente nos saludan, nos miran o nos ignoran. Y en ese devenir la confianza se muestra en la cordialidad del saludo, en el respecto de compartir un mismo espacio, en la amabilidad de recoger un objeto valioso y tenderlo a la persona que lo perdió sin apropiarnos de él, en la humildad de pedir perdón si en algo hemos molestado.

Tenemos mucho que aprender sobre confianza. Y es que en este país aún pesa más la ley del mínimo esfuerzo y del intentar aprovecharse del esfuerzo ajeno. Hace meses cuando visité a unos amigos en Múnich, me sorprendió la certeza que existía sobre la capacidad de la gente para hacer lo que hay que hacer, sin tener que poner obligaciones o trabas que indirectamente eviten hacer lo correcto. Pongo aquí dos ejemplos de confianza que ojalá pudiera decir que podrían cumplirse también en este país:

1. El acceso al metro no tiene barreras de entradas que impidan viajar si no has comprado el billete correspondiente. Todo el mundo es responsable y a (casi) nadie se le ocurre colarse en el tren.

2. Allí no existen los kioscos de venta de periódicos. Los periódicos se consiguen en unas cajas situadas en la calle, accesibles por cualquiera, que te permiten coger tantos como quieras y que cuentan con una cajetilla para que se introduzca el precio correspondiente. Nadie cogería un periódico y se iría sin pagarlo, puesto que si alguien te ve, probablemente te mirará mal.

¿Tanto nos cuesta tener disciplina y buenos valores? ¿Qué nos aporta no ser confiables? ¿Qué nos aporta desconfiar de todo el mundo que nos rodea? ¿Por qué no confiar en que cada día es una nueva oportunidad para mejorar y ser más feliz?

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