Día universal del niño

Aprovechando la celebración de hoy, el día universal del niño, y de algunos sentimientos que he tenido en los últimos días, quiero recordar esos años maravillosos en los que la vida parece sonreír siempre. ¿Por qué no sentir como niños y vivir como adultos? Y es que aunque en el día de hoy se reivindiquen derechos de los niños no quiero hablar de ello, pero sí recordarlos en cierto modo a través de recuerdos.

El momento en que salías de casa con el uniforme para ir al cole y la campana que anunciaba el recreo. Los juegos en el patio con piedrecitas que se metían en los zapatos y luego te molestaban durante toda la tarde. El tiovivo en la feria que daba vueltas y vueltas y desde el que mirabas inocente a todos los que estaban alrededor y saludabas. El miedo que te asustaba al despertar solo en casa y no saber dónde estaban todos. La rabieta que cogías cuando querías un caramelo o un juguete y te decían que no. La sonrisa que dibujaban tus labios cuando, en carnaval, te disfrazabas de payaso. La mirada perdida en el horizonte la primera vez que veías el mar y el gesto de asco que ponías cuando, al entrar en el agua, descubrías que estaba salada. La timidez con la que te acercas a un desconocido para pedirle por favor alguna cosa. La capacidad de adaptarse a cualquier cambio razonable del día a día. La sorpresa que te llevabas en el circo viendo trucos de magia o la carcajada natural que se contagia con el humor de los payasos. El entusiasmo que ponías en soplar las velas el día de tu cumpleaños. Los nervios antes de una excursión con el colegio o una visita de amigos que no veías hace tiempo. El miedo por caerte de la bici el primer día en que te dejaban solo y sin ayuda. La alegría y la sorpresa que te arrastran cuando descubres algo nuevo, cuando alguien te regala algo, cuando alguien te quiere, te mima. La sencillez con la que miras el mundo que te rodea.

Cuidemos de los niños, pues son el futuro de nuestro mundo. Dejemos un legado sostenible, habitable, humano. Porque ellos son los que nos recuerdan -o debieran recordarnos cada día- que no sirve ser egoístas, que hay que compartir y colaborar, que todos los problemas duran un minuto y después ya no son importantes. Que la vida es simple, pero nos empeñamos en verla a través del cristal gris de la preocupación y el estrés. Que hemos de sonreír y disfrutar de la vida porque el tiempo pasa y no volverá…

Dejemos que el niño que habita en nosotros nos enseñe a ver el mundo con otras lentes, más limpias, más transparentes. Pues sólo él será sincero para indicarnos el verdadero camino que hemos de seguir para seguir creciendo y conseguir que nuestros sueños se hagan realidad. Será el que nos demuestre que la sonrisa es el mejor reflejo del alma que nos habita y, regalarla a los demás, nos hará un poco más felices.

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