El coeficiente de optimismo (1)

Hace días que espero con impaciencia para poder escribir sobre Emilio Duró y recordar el momento en que se cruzó en mi camino. Fue hace más de un año y medio, cuando una persona cercana a mí me habló de él y luego descubrí en el blog de un amigo la expansión de sus palabras. Fue entonces cuando vi los vídeos de sus jornadas de Optimismo e Ilusión en el VI Congreso de Comercio Gallego y al equipo de riesgos del Banco Santander.

Coeficiente de optimismo… Suena a utopía en estos momentos. Y cuan necesario sería una reflexión sobre esto para ver que las cosas a través de otro cristal menos opaco. Porque el cambio es inevitable y la adaptación la mejor aliada para buscar soluciones y conseguir el éxito profesional (y personal). La vida tiene que vivirse, que disfrutarse, que llenarse de momentos. Y es que, como bien sé de mi día a día, lo que hay que buscar es la anticipación. Hay que ir un paso por delante de las circunstancias, ser capaz de pensar y evaluar todo lo que puede ser o no ser, pero sin sufrir por adelantado. Hay que ser capaz de ser vivir el presente y construirlo en base a nuestros valores, pero sin cerrar las puertas a la improvisación y al cambio de rumbo. Conseguir la presteza para evitar el colapso cuando un imprevisto se presenta ante nosotros.

Y es que el optimismo nos permite ser más felices y estar más predispuestos a la adaptación. En el ámbito laboral, como dice Emilio, “el rendimiento de la persona en la vida viene directamente relacionado con el coeficiente de optimismo. Es decir, hoy se sabe que una persona optimista rinde entre el 65% y el 100% más que una persona normal.“. Porque cada día cubrimos más horas en nuestro lugar de trabajo o dedicamos más horas a ello. Y para que un trabajo nos llene y nos gratifique son necesarias dos cosas:

  • Que pienses que el trabajo depende de ti
  • Que creas que el trabajo sirve para algo

Pensar que el trabajo depende de uno mismo debería ser una regla no escrita. Porque cada uno somos un granito de arena que debería aportar, añadir valor, pero sobre todo que debería disfrutar y realizarse a través de su trabajo. Porque el trabajo que no llena y que no se siente parte de uno mismo se convierte en una fuente de malestar y de energías negativas que terminará minando la realidad profesional y personal de uno mismo. El trabajo tiene que apasionarnos, aunque haya días de incertidumbre que nos aborden, pero la satisfacción de crecimiento profesional ha de ir por delante de la sensación de vacío. Hay que encontrar la alegría en el trabajo y evitar la resignación. Porque un trabajo que no llena se convierte en una carga pesada que puede derivar, incluso, en una enfermedad grave. Si el trabajo actual no nos llena, hemos de buscar soluciones, reconducirnos y buscar aquel que nos devuelva la energía para despertar cada día con una sonrisa y nos empuje a trabajar con entusiasmo.

Creer que el trabajo sirve para algo debería ser lo más obvio. Y sin embargo, cuántas veces nos enfadamos por pensar que estamos realizando una tarea cuyo objetivo es inalcanzable y, por tanto, estamos perdiendo el tiempo… un tiempo valioso que podría utilizarse para conseguir otra cosa realmente alcanzable. A veces desde las altas esferas de la sociedad que tienen poder para organizar y dirigir falta reflexión, falta visión de conjunto para establecer directrices claras y concretar que permitan remar al resto de los peones hacia el puerto de destino. Y sin embargo, parece que esto no importa. Que no es relevante la ineficiencia de navegar sin rumbo. Pero lo peor es que, encerrados en sus pensamientos, a veces transmiten sensaciones poco optimistas que terminan contagiándose a toda la estructura, porque “el gafe también transmite” y es tres veces más efectivo.

Seamos optimistas. Porque las emociones se transmiten y se contagian. Porque hay que atraer a las personas felices para conseguir que todo funcione mejor, sin abruptos cambios de humor, sin prisas innecesarias, sin enfados inútiles que tienen como base la impulsividad. Porque una vida sin pasión no es vida. Porque seremos más productivos y más valiosos si realizamos nuestras tareas con entrega, con motivación.

Hay unas palabras de Emilio que me quedaron grabadas: “¿Cómo puedes salir con una persona maravillosa? Pues siendo una persona maravillosa. Al final uno en la vida atrae lo que se merece.“. Creo que la mejor forma de rodearse de personas maravillosas es siendo uno mismo, en cada momento y sintiendo que la vida no tiene más condicionantes que los que uno pone por delante. Es cierto que no podemos controlar todo lo que nos afecta, pero sí que podemos decidir qué hacer en cada momento. Y cada pequeña cosa que hacemos, al final, es buscar cariño, amor y reconocimiento. Como también dice el manifiesto Hostlee cuando haces las cosas con amor, entonces encuentras el amor de tu vida.

Gracias a todas las personas maravillosas que me rodean, ahora, cuando el sol ya luce con fuerza, vuelvo a recordar que todo pasa, que cada día es una oportunidad para ser mejor. Gracias, corazón, por cada día en que tus latidos me recuerdan que estoy viva y una sonrisa es el mejor regalo al despertar.

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