Las relaciones personales (1)

Hace días que más que pensar, intento sentir la vida. Hace días que quiero vivir con más energía de la que tengo.

A veces la vida te hace reflexionar sobre tu momento, tu ahora. No siempre es fácil, ni sencillo afrontar que todo no es de color rosa, pero tampoco todo es negro. Casi siempre el paisaje tiene claroscuros que hay que investigar para que el cuadro de nuestra vida cobre forma y color.

Porque a veces el color de nuestro presente está influenciado por las relaciones personales que nos rodean y que afectan a nuestro ánimo. Todo lo que nos rodea, nuestro entorno, calma la ira o la enciende, promueve la paz o la dispersa, tonifica la alegría o la entristece. Por todo esto es importante cuidar qué nos aporta cada persona en la vida y tener claro qué queremos que nos aporte.

Pero en esos claroscuros, no siempre acertamos a ver las dimensiones de la tormenta que llega a veces por el horizonte que hemos olvidado observar, deslumbrados por el sol radiante en el sentido opuesto. Y es que hay circunstancias que no siempre podemos planificar, ni evitar, ni adivinar… por ejemplo, en el ámbito familiar.

Y es que los más cercanos son la base de nuestro ser, pues de ellos hemos heredado nuestros genes, son el origen de nuestro carácter y pueden ser los más decisivos en la toma de nuestras decisiones. ¿Qué es lo correcto? ¿Dónde está el equilibrio entre vivir una vida o querer vivir la vida de nuestros hijos? ¿Dónde está el límite entre decidir por uno mismo o dejar que los padres decidan por ti? ¿Sirven siempre las experiencias del pasado para tomar mejores decisiones en el futuro? ¿No es el respeto, la comprensión y la confianza base de la relación entre padres e hijos sea cual sea la edad de ambos?

No sé si hoy es el mejor día para divagar sobre este tema, pero a raíz de un artículo que leí la semana pasada y algunos momentos del fin de semana la reflexión sobre las relaciones familiares me invade. Y es que tanto padres como hijos a veces dan por sentado lo que el otro ha de hacer, conforme a su punto de vista. Y pocos son los que hayan en el diálogo verdadero un punto de entendimiento y debate abierto a la mejora de su vínculo natural. Porque los padres a veces siguen siendo sumamente protectores y se preocupan más de lo que la ley de vida aconseja. Porque los hijos se rebelan contra la falta de libertad que sienten al verse controlados por sus antecesores. Porque al final se desencadena una espiral de silencio que abre una brecha entre ancestros y herederos.

A veces hacemos que la vida sea compleja. A veces cuesta decir lo que se piensa con libertad, cuesta empezar un diálogo a sabiendas de que lo que se va a decir son palabras de egoísmo, de pensamiento de uno mismo que se quieren imponer al otro. Muchas veces sobra la tensión que rodea a padres e hijos que dialogan con monosílabos, que temen abrir la boca y reprimen la búsqueda de perdón y amor. Porque se ha perdido la confianza, la capacidad de comprender al otro, de respetar su punto de vista. Porque la vida cambia muy deprisa y no siempre los padres saben adaptarse a las nuevas circunstancias. Porque los hijos no siempre son capaces de descubrir en los consejos una perspectiva diferente que les hagan cuestionarse su visión. Tanto unos como otros han de poder mantener una preocupación natural mutua, sin que ello degenere en una preocupación obsesiva que destruya la relación. Porque hay que saber romper el muro que nos ponemos frente a los ojos y ver que las cosas más simples son las más importantes en esta unión fraternal. Que el fluir libre del amor es más importante que las preocupaciones vanas y materiales que puedan surgir en los tiempos que corren.

Ojalá como padres o como hijos aprendiéramos a valorar que lo más importante es que, desde nuestra posición, los otros sean felices. Que sean felices por sí mismos y que, ante todo, busquen, aunque sea sin palabras, la felicidad de los otros.

familia

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