Motivarse en el trabajo

Estos últimos días disfruto de volver a sentir el aliento de mis compañeros que reaviva mi motivación por querer hacerles el día más agradable, más llevadera la jornada laboral. Porque en la adversidad, la experiencia te enseña que has de evitar los errores que tú sufriste en el pasado y quieres que recuerden estos días con una sonrisa, a pesar de los largos días en que parece que todo se confabula para salir medio mal.

Pues hay que aceptar que estos días existen, pero que poner cara de asco y maldecir no sirve de nada. Bueno, en realidad ejerce un efecto totalmente contrario a lo que se desea: todo se contagia de pesimismo y la desgana hace que se trabaje mucho más que si se repiten las cosas con ánimo tranquilo y sereno. Pero somos torpes cuando nos empeñamos en querer algo en un tiempo objetivamente poco razonable y además lo hacemos cuando el cansancio nos invade. En fin, en lugar de usar la razón para optimizar los tiempos, repartir tareas o analizar la situación y plantear soluciones, ves cómo la gente se empeña en perseguir algo con la mirada perdida en la rabia que les lleva a no ver más allá de su meta. Pues bien, siempre hay que tener en cuenta que en el camino puede haber imprevistos, que existe incertidumbre y que las planificaciones no dejan de ser una estimación, que tiene un margen de error.

Pero no quiero contar algo que todos hemos vivido. Quiero detenerme en lo que he vivido con mis chicos. Porque una sonrisa les sirve para levantar el ánimo y hacerles olvidar la noche tan larga que tuvieron. Porque te devuelven con creces los pequeños gestos que tienes con ellos y que para mí nada cuestan. Porque creen que el secreto está en creer en uno mismo para que todo salga un poquito mejor, para que la vida no sea sólo una sucesión de horas que anotar en el libro de la vida. Porque a pesar de su juventud, me enseñan que la edad no importa para querer vivir y sentir que cada instante dan lo mejor de sí mismos, que hacen aquello que les gusta y que son capaces de pensar en un mundo mejor.

Tiempo de cambios, ya lo he comentado alguna vez. Pues cada vez estoy más convencida en que algo ha cambiado en algunas conciencias. Pues cada vez es la gente más joven la que se plantea el por qué de su vida, qué hacer y por qué. Y lejos de aceptar los convencionalismos y las realidades, se empiezan a rebelar contra unas costumbres sociales y laborales que segmentan la humanidad y discriminan a aquellos que desean por encima de todo vivir.

¿Por qué no dejarse contagiar de una sonrisa? ¿Por qué no ser feliz? ¿Por qué en lugar de envidiar el estado de equilibrio de una persona, no intentamos tomar decisiones que promuevan el bien de todos y que nos aporten esa serenidad interna que da el cumplir con los valores de uno mismo? Probablemente porque cuesta. ¡Nada es gratis! No lo es, pero bien merece la pena luchar por aquello que nos da semillas de felicidad que crecerán si reciben los cuidados necesarios en lugar de acumular tierra árida que sólo nos pesará durante el viaje pero nada producirá. Así que hemos de ser tenaces en luchar por aquello que nos hace felices y no desistir, porque las grandes cimas valen el esfuerzo de ser alcanzadas y disfrutar el espléndido paisaje.

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