Viajar para desconectar… y conectar con uno mismo

Me gusta viajar. Me relaja, me distrae, me conecta con mi silencio interior… sobre todo después de un fin de semana de desconexión de la ciudad y contacto con la naturaleza, el aire limpio de la sierra, la lluvia primaveral y el viento que trae aún frescor invernal. El regreso en tren me trae recuerdos, me enseña a escuchar la vida y a detener el tiempo.

Hace tiempo acepté que las casualidades no existen, que todo tiene un sentido, aunque a veces tardemos de verlo con los ojos de la aceptación, del entendimiento, o con aquellos que debemos más allá de la ilusión o la decepción iniciales de cada acontecimiento que nos sucede.

Hoy la tarde sabe a nubes, a lluvia, a campo, a humedad, a libertad. Como dice Goethe, “la libertad es como la vida, sólo la merece quien sabe conquistarla todos los días“. Y es que hoy me pregunto si sólo cuando vivimos de verdad es cuando somos libres. Quizás sí porque nos empeñamos en ser esclavos de nuestras necesidades voluntarias, de nuestras pasiones.

Cuando conectas con tu interior y te encuentras más receptivo contigo mismo, suceden cosas que a veces no puedes compartir. La mente se puebla de ideas, de deseos, de sueños que quisieras compartir, pero que sabes que no debes. Que tus secretos a veces tienen que vivir como tales para que tengan sentido o lo pierdan. Para que se cumplan como sueños o sean simplemente elixir de vida que mantenga en alza la ilusión por conseguir las metas. Porque lo que importa también en estos casos es vencer la impaciencia y saber esperar, como en un torneo de ajedrez, esperar el turno y no mover las fichas antes de tiempo. A veces sabes que nadie entenderá tu nube ni lo que ves en ella, que te considerarán romántico, idealista, utópico y harán que te escuchan para luego darse media vuelta y desaparecer. Para eso mejor dejar que las palabras queden guardadas en el cofre de lo más profundo y ser dueño de ellas, en vez de siervo de aquellas que el viento llevó por no saberlas callar.

Meditar y saber esperar que las ideas se reafirmen y se maduren. Anhelar el contacto con la naturaleza que te devuelve la conexión interna con tu yo, con tus orígenes, con tu presente, con tus valores, con tus respuestas. Y mientras tanto, soñar y dejarse llevar por cada instante, porque en lo cotidiano, si miramos a través del cristal de lo puro, sabemos apreciar no la rutina, sino la diferencia que hace que cada momento sea único e irrepetible. Porque la vida se hace en cada segundo y no sirven excusas para procrastinar la tarea de ser y vivir, porque si lo hacemos, será tiempo perdido que ya no volverá.

viaje_tren_mayo2013

            La llave para abrir la puerta del Cielo
            está envuelta en nuestras tareas cotidianas.
            La visión celestial le será revelada
            a quien no llegue demasiado pronto ni demasiado tarde.

            Como cada estrella
            que brilla a lo lejos,
            sin prisa y
            sin descanso.

            Que cada hombre se mueva
            a su propio ritmo
            y haga su tarea diaria
            lo que mejor pueda.

Goethe

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