Parar el mundo para metamorfosearse

Esta semana pasó igual que otras, duró lo mismo. Pero al principio, el lunes fue un día extraño en que en el trabajo reinaba un ambiente entre caótico y dramático que rozaba el absurdo. Quizás por eso quería que llegara raudo el fin de la semana para poder hacer un paréntesis laboral y empezar a trabajar en mí. Suena raro en estos tiempos, pero es la pura verdad. Necesito tiempo para mí. Y por fin podré disfrutar de más de una semana (lo diremos bajito para que no pase nada) de merecido tiempo para cambiar rutinas, para reactivarme, para leer, para estudiar, para reír, para desconectar, para meditar, para soñar… para vivir.

Simples, mis vacaciones serán muy simples, pero os aseguro que potencialmente serán las mejores en mucho tiempo, sobre todo porque estoy donde quiero estar y hago lo que quiero hacer. Y a veces eso conlleva renuncias a grandes planes y viajes atractivos que esta sociedad nos incita a organizar y disfrutar como si fueran lo más importante.

¿Y qué es lo importante? Esta pregunta lleva rondándome toda la semana cada vez que tenía que pensar en organizar el trabajo a mis chicos para que la semana que viene convivan con una guía de trabajo, pero con mi ausencia y que no se les ocurra llamarse salvo caso de vida o muerte. Y es que si no les preparo el camino, terminarán acudiendo a mí y saben que intentaré ayudarlos. Pues no siempre va mal que uno mismo aprenda a definir qué es lo importante para saber qué tiene que hacer y en qué orden. En todas las cosas, esa debería ser la regla principal, la primera incógnita a resolver de la ecuación, pero cuántas veces empezamos la casa por el tejado y nos ponemos a trabajar sin pensar ni por qué, ni para qué. Pues en lo que toca al trabajo, como les he dicho hoy: tenemos un cerebro para pensar y descubrir qué es lo prioritario o lo que se puede dejar para más adelante, y si se desconoce, se pregunta.

Sin embargo, hoy no toca hablar de trabajo. Ahora es el momento de relajarse, de tomar unos minutos y respirar profundamente. Ahora es tiempo de disfrutar del silencio de la noche y la música del piano que escucho de fondo. Toca cerrar los ojos y pensar qué voy a hacer en estos días.

Mañana y pasado ya tengo ocupación dentro de mi línea de cambio porque haré un curso de sokushindo, es decir, reflexoterapia japonesa. Me apetece poder poner en práctica las cosillas que voy aprendiendo de medicina china, sea a través de la acupuntura o a través de otras técnicas que también sirvan para tratar el cuerpo y la mente. Además, estos días también toca retomar el estudio para ir preparando los últimos exámenes.

Y con ello supongo que enlazaré el principio de semana, con cuidar cuerpo y mente un poquito más. Toca desperezarse y salir a correr, como esta mañana temprano, porque si además lo haces con el mar al lado y una buena amiga, el día se carga de energía. Eso sí, tendré que buscarme compañía para la próxima semana (o buscar en uno mismo el mejor aliado).

Y otras mil cosas más que la mente va dejando de lado surgirán, pero sólo una que deseo con más fuerza: parar el mundo para metamorfosearse. Parar el mundo significa apartarse de la realidad aceptada del día a día y buscar un lugar donde encontrarse con uno mismo. Es olvidarse de todo por un periodo de tiempo suficiente como para hallar la paz y la tranquilidad que recargue el cuerpo de energía positiva para ser feliz, aunque el mundo se confabule para lo contrario. Hace tiempo que no paro el mundo y semanas que sé que lo necesito más que nada. Dos o tres días en los que rodearte de montañas y dejar que el sol te acaricie el rostro desde lo alto. Y ver el valle, pendiente abajo, abrir los brazos y correr, al principio lentamente y luego más deprisa, bajando por la colina y sintiendo el aire más puro, escuchando los riachuelos o los pájaros que planean sobre tu cabeza. Sentir que el corazón se acelera y las emociones fluyen, que la energía entra y sale, sube y baja. Unirse cielo y tierra con el hombre y formar un dao, un todo equilibrado. Medicina china -y no tan china- en estado puro.

Para el mundo para metamorfosearse. Detener la vista sobre el gusano de seda que se mueve sobre la hoja de morera y va engordando poco a poco. Se mueve lento y no se muestra nada atractivo. Sólo es un gusano de seda. Parar el mundo para imaginar qué hay detrás de esa envoltura que con el tiempo desaparecerá. Dejar que nuestro yo más profundo nos dé respuestas de lo que podríamos llegar a ser y ver el camino para conseguirlo. Compartir la vida de gusano para que, en ese tiempo de parada, alguien especial vea a través de nuestros ojos y nos aporte puntos de vista diferentes que pasamos por alto. Y poco a poco iniciar la metamorfosis que nos impulse a convertirnos en una bella mariposa que alce el vuelo libre. Si bien, dos o tres días no sirven para cambiar el mundo, sí que sirven para conseguir una pequeña transformación en lo más profundo de uno mismo, que será la semilla para alcanzar la felicidad anhelada algún día.

Animo a todos los que lean esta entrada a que se hagan el regalo de parar el mundo de vez en cuando o sean el compañero especial de quien saben que necesita pararlo. Sean sinceros y leales y no renuncien a la felicidad porque para cambiar el mundo, primero se ha de comenzar por querer cambiarse uno mismo. ¿Alguien desea parar el mundo conmigo?

fondo_mariposas

“- ¿Qué es parar el mundo?
“- Parar el mundo es decidir conscientemente que vas a salir de él para mejorarte y mejorarlo. Para poder moverte y moverlo mejor.
“En ese tiempo debes intentar que nadie ni nada te cree problemas.
“Alimentarte de buena literatura, de buen cine y, sobre todo, de la conversación de una única persona que te inspire en este mundo. ¿Y sabes qué…? […] Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. Y ésos son los que lo paran. ¿ Tú quieres mover el mundo o que te mueva?”

Si tú me dices ven lo dejo todo, pero dime ven, de Albert Espinosa

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