Meditando y destilando la rutina

Como decía ayer uno de mis ángeles de la guarda, podría hacer una fiesta por tener unos días de descanso para aburrirme, si quiero. Lo cierto es que realmente necesitaba alejarme de la rutina y desconectar de ella para conectar conmigo misma. Es triste, lo admito, pero a veces esta sociedad nos hace caer en la trampa de la prisa y nos dejamos llevar sin freno de mano que echar para romper con unos hábitos que en casi nada nos benefician.

Tiempo de silencio, eso es lo que necesitaba. Más que como el título de la novela de Luis Martín-Santos, necesitaba tiempo de silencio más cuaresmal, más reflexivo, más meditativo. Y a veces el mejor vehículo para ello es pasear y dejarse llevar. Caminar por donde nadie te interrumpa el pensamiento salvo tú mismo, divisar el horizonte y dejar la mirada perdida o la mente en blanco o, simplemente, observar, escuchar y callar.

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Sólo se escucha el caminar que pacíficamente va cogiendo su propio ritmo. La arena del camino que es presionada con cada paso. Los campos de trigo que ahora descansan verdes, poco a poco cambiarán su color por el dorado y estarán preparados para la siega. Los campos de barbecho que descansan, esta vez, para que la tierra se recupere y sea fértil de nuevo. El almendro del camino que tras el inicio de la primavera ya tiene un fruto que madurar para recoger en la próxima cosecha. El arroyo que cruza los campos yace ahora sin agua que fluya y dé vida. Las vacas y los terneros que pacen tranquilamente y vuelven su mirada hacia el sendero atraídos por un sonido que casi interrumpe el silencio: mi caminar.

Cierro los ojos y sólo se escucha el sonido de los pájaros, algún grillo que está escondido entre los arbustos y quizás, desde la sombra, se deja escuchar. Suena el murmullo del viento que mece el campo y acaricia el rostro. Huele a paz. Se siente el silencio de la naturaleza que, en mi quietud, únicamente se ve matizado por el tintineo de los cascabeles de un rebaño de ovejas que levanta el polvo del camino y el sonido de un tractor que, a lo lejos, faena la tierra para que cumpla su papel.

Reina la calma y la mente se aquieta. Se queda en blanco, se deja llevar. Surge la conexión del hombre con el cielo y la tierra, el yin y el yang que buscan su equilibrio. El frescor de la tierra que se transforma con el calor del sol. La energía fluye y todo cobra sentido. Brota la sonrisa, natural. El corazón late, con fuerza. La respiración se acomoda al momento.

Con los ojos cerrados, descubres que cada día el sol no deja de ser un espejismo tras el cristal de la ventana de la oficina donde pasan las horas, esperando mayor productividad, que no siempre ocurre. Que las renuncias para ser eficiente a veces redundan en menor productividad porque se condena la comida saludable y el ejercicio físico. Es cuando vuelves a recordar que aquellas sanas costumbres del pueblo siguen vigentes, mientras que en la ciudad casi todos las han olvidado. Cuando caminar sobre asfalto es la rutina y disfrutar corriendo por el camino de las granjas o del prado de la romería es un recuerdo que se ansía revivir. Cuando los congelados y la comida basura son el día a día de las prisas y la consecuencia del “no tengo tiempo”, la cocina tradicional del cocido, las lentejas, los potajes o los buñuelos de bacalao de esta época se convierten en todo un manjar nutritivo.

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Es momento de meditación. De poner en remojo la rutina y destilar los tóxicos que contaminan la sangre y nublan la vista. Como las nubes ocultan el sol, que comienza a calentar con fuerza en las primera horas de la tarde, y evitan que los rayos de sol acaricien el rostro. Es tiempo de olvidar aquello que fue o que no ha sido y disfrutar de lo que es, sin más pensamiento que el presente. Es tiempo de morir y cambiar de piel, como las serpientes, para volver a ser uno mismo, pero renovado.

Es tiempo de purificar el espíritu y fortalecerlo para que despierte y defienda la VIDA.

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