Hasta que te encuentre

A media noche, las estrellas brillan con luz propia en la oscuridad. Ya no queda la luz del ocaso en el horizonte, sino el manto negruzco de la noche sobre la cabeza y la luz intermitente del faro, que pasa con su monótono ritmo establecido. En el puerto yacen amarradas las embarcaciones de recreo y únicamente algún curioso y unos pocos propietarios transitan en la zona de amarres.

Desde su posición puede escuchar el vaivén de los mástiles y las drizas acompañando el balanceo y rozando el palo. Dulce sonido en una noche plácida, en la que únicamente la brisa acaricia su cara. Sus ojos aún miran hacia arriba, examinando el cielo en busca del norte como en una acción refleja, recordando viejas costumbres que no caducan. En efecto, sus estrellas de agosto vuelven a ocupar sus espacios, pasajeros a la par que estacionales, y con ellas van y vienen instantes del ayer que se funden con una respiración profunda y calma.

Tras días de insomnio por fin ha conseguido dejar atrás aquellos sueños esquivos, indigestos e incomprensibles que retrasaban la llegada del descanso reparador. Ha llegado, lento pero firme, el momento del ahora, del silencio dulce de la noche y del libre pensamiento. La mente por fin cesa su frenética actividad por el trabajo de las últimas semanas. Parece extraño, pero podría decirse que se hubiera trazado una línea entre aquel mundo laboral y estos días de disfrute y ocio personal. Aquí sólo cabe el encuentro con el yo.

Cierra lentamente los ojos y escucha la noche. Existe la nada y el todo. Estar y ser. Ser y sentir.

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Perezosamente, la coraza que lo protege de las incertidumbres y los imprevistos del día a día se va quebrando con la serenidad del momento. La relajación va inundando cada músculo de su cuerpo, como el agua que cae sobre un cauce seco y se cuela por cada rincón hasta llenarlo. En este instante no quedan fronteras que definir, sólo queda abrir el interior para poder escuchar todo aquello que ha callado y está preso. Y, sin que él lo pida, su interior le guía lentamente hasta el universo de los sueños conscientes.

Corretea un niño entre los campos de cereal. Su pequeño rostro muestra la ternura y la inocencia de la infancia que vive libre y no se ha visto condicionada por los prejuicios de la sociedad. Sonríe. Sonríe con naturalidad, con frescura. Busca a un cómplice que lo imite tras el olivo, allí donde sabe que está quien lo cuida. Gira y observa. Y encuentra los brazos abiertos de su madre, que juega con su hermana, y la mirada serena de su padre, que fuma placenteramente. En ese momento, consciente de la verdad que ve, de sus ojos cerrados brota una lágrima que cae acariciando la mejilla. Surge la emoción de saber que aquello fue real y muy dentro anhela hacerlo real en su vida. Sentirse libre de elegir su camino, amar y dejarse amar, y ser correspondido, sentir y expresar la alegría y la tristeza, el enfado y la gratitud. Ser, en definitiva, feliz con las pequeñas cosas de la vida.

Y poco a poco va entrando en un sueño más profundo que le devuelve al momento presente. Como si estuviera frente a un espejo, se ve reflejado en la mente y siente la caricia de unos labios tiernos que limpian la lágrima caída y se deslizan por la mejilla rozándola sutilmente. Siente cosquillas, pero teme moverse y desdibujar esa imagen femenina que ahora le hace estremecerse. Persigue sus labios y los encuentra, fundiéndose en un largo beso que libera dosis de adrenalina que yacía prisionera y norepinefrina que viaja al corazón, acelerándolo. Los labios se rozan y se humedecen al tiempo que el miembro viril se erige excitado.

Las manos buscan un cuerpo al que abrazar y amar. Y como si sus deseos fueran escuchados, siente el calor de unas manos tersas que lo rodean mientras se sienta sobre la cubierta y, acabando el beso, lleva la cabeza sobre el hombro de su compañera mientra la abraza con fuerza. Hace tiempo que no está cerca, pero siente que siempre ha estado a su lado, cuidándolo. Tras unos segundos y una larga inspiración, abre los ojos y la observa: sonríe con amor, invitándole a imitarla. Y con amor, le devuelve la sonrisa y decide dejarse llevar por la calidez que lo inunda. Con delicadeza coge su brazo y tira de él hasta que ella cae sentada frente a él. Atrapa su rostro para volver a besarla y luego desliza sus manos por su cuerpo atrapando sus pechos entre los dedos. Late su corazón, con fuerza, con sentimiento. Y siente cómo un escalofrío le recorre la columna, al tiempo que ella tiembla levemente. Ambos caminan sobre la delgada línea de la excitación, jugando con la lengua en la boca del otro, mientras las manos van deshaciéndose de la ropa que impide que sus cuerpos se sientan.

Desnudos. Desnudos y en la intimidad buscan el sexo opuesto: uno erecto, otro húmedo esperando ser penetrado. Con su  mano, primero él intenta tocar su clítoris y, cuando lo encuentra, lo masajea con suavidad. Ella se aparta tímidamente un instante inundada por su contacto. Y después, vuelve cerca de él, cogiendo el pene y llevándolo hasta su vagina hasta deslizarlo dentro. Así, va entrando y saliendo, al tiempo que la sangre fluje liberada y las endorfinas generan un clima de bienestar que quisieran que no acabe. Sus cuerpos se mueven al compás de la respiración, incrementándose la libido y el deseo de alcanzar el clímax para hacerse uno. Ella le susurra un “te quiero” y él responde un “yo también princesa”. Y como si esas palabras fueran una llave, ambos vibran mientras su pene eyacula dentro de ella al tiempo que ella siente su fuerza y las ráfagas de placer les recorren.

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Nace el día por el horizonte. Abre los ojos y una sonrisa tamiza su rostro. El cuerpo se siente ligero. Se gira a ambos lados, como quien busca algo que acaba de encontrar y no quiere volver a perder. Y recuerda al niño que es y que quiere ser. Cierra los ojos y la ve, en el horizonte, esperándolo. Abre los ojos y susurra: “No descansaré hasta que te encuentre”.

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