Las pérdidas son positivas

“Las pérdidas son positivas”

El mundo amarillo, de Albert Espinosa

Nunca nos enseñaron a perder. De hecho, siempre nos enseñaron que lo malo es perder, renunciar a algo que se poseía. Y es que la palabra pérdida a todos nos sabe a eso: a que hay algo que nos han arrebatado y queremos seguir teniendo, a que hay una situación que no compartimos y queremos cambiar a toda costa, a que en primer lugar cuesta aceptar algo que no es de nuestro agrado inicial.

Pues bien, estos días lo cierto es que para bien o para mal he tenido que lidiar con diversas situaciones de este tipo. Amigos que tenían ante sí una pérdida y su afán por mantenerse en una situación anterior, se negaban a aceptarla y veía cómo eso afectaba emocionalmente a su estado.

Un trabajo que nos existe un esfuerzo mayor al que nosotros estamos dispuesto a dar. Que consume tiempo, descanso, buen humor, sonrisas, capacidad de concentración y pensamiento y, a la larga, nos desgasta la energía hasta que nos inunda el agotamiento, la apatía, la astenia y hasta el abandono personal.

Un chico o una chica que no quiere el compromiso que nosotros deseamos. Nos gusta más que nadie hasta ahora, daríamos lo que fuera para estar con él o con ella, pero ella o él no comparten ese sentimiento, o no al menos en el mismo grado. En fin, que por más que lo intentemos, no siempre conseguiremos mejorar la situación, sino que a veces provocaremos el rechazo de aquel a quien amamos. Y es que, en este caso, ¿dónde empieza la libertad de uno y acaba la del otro para intentar convencer al otro de que somos su media naranja?

Un despido laboral que viene, previsto o no, y nos hace dudar del por qué, de las capacidades propias para desempeñarlo y la virtud del trabajo realizado. Que nos genera incertidumbre sobre cómo revertir la situación y las posibilidades que tenemos para hacerlo. Que, en estos tiempos que corren, nos genera inseguridad y preocupación por lo que hayamos de vivir junto a las personas que nos quieren y comparten nuestra vida.

Un familiar que tras un accidente o una enfermedad nos deja huérfanos de su cariño, de su mirada, de sus risas, de sus encantos, de su amor. Una pérdida personal que cuesta encajar cuanto más cercano sea a nuestro corazón, cuantos más momentos compartidos, cuanto más intensos fueran los momentos, cuantas más cosas ahora queremos decirle porque jamás nos atrevimos a recitarle.

Lo cierto es que cuesta saber qué decir en cada momento para aumentar el ánimo y que nuestro/a amigo/a cambie el prisma desde el que observa la pérdida. Sólo si tenemos empatía podremos ponernos en su lugar y encontrar las palabras para llegar al quid de la cuestión: convertir la pérdida en ganancia. Y primero, empezar por ponernos en la piel del otro.

Cuesta olvidar a quien ha estado con nosotros cercano durante mucho tiempo por una tragedia o una enfermedad grave. Pero en este caso, creo es irremediable que tarde o temprano todos acabamos muriendo, al menos en este cuerpo. Por ello, permitámonos mirar la muerte con otros ojos. Por un lado nos avisa ante un hecho así que no hemos de dejar para mañana lo que hoy podemos compartir, decir, vivir, disfrutar. Que dejar para mañana algo por la pereza de no hacerlo, puede conllevar que mañana ya no sea posible. Y por otro, recordemos a esa persona no con la mente, sino con el corazón. Con ese dulzor que siempre nos quedará de su belleza interior y que nos ha contagiado. Cumplamos sus deseos de felicidad para con ella y con el resto que la acompañamos en vida.

Mucho menos tiene que dolernos una pérdida de amistad o amor, por más que amemos a quien decide irse, a quien decide no estar, a quien decide que nuestra presencia en su vida ahora no tiene lugar. Supongo que hay muchas maneras de amar, pero una sola para mí de amar de verdad. Es el amor que espera, pero no desespera, el que entiende y respeta, el que escucha y no antepone sus prioridades sobre las de la otra persona, el que comparte y sabe renunciar a lo que quiere si con ello consigue mayor felicidad. Por todo ello, creo que hay que dejar salir la carga emocional que conlleva la separación de alguien querido (la impotencia o la frustración por no poder ni querer retener a nadie que no lo desea), pero sólo para dejar cabida a nuevas emociones que beneficien nuestra vida y lo dejen marchar sin pesar.

Y en el campo laboral… lo cierto es que intuyo que la inseguridad por encontrar otro trabajo es lo que nos hace entrar en un círculo vicioso de pensamientos que a veces empequeñece nuestras buenas cualidades y nos impide ver la luz para emprender la búsqueda. Creo, que como pasa con algunas personas que dejan de estar en nuestras vidas, un trabajo se va y no entendemos el por qué, pero tiempo después cuando nos paramos a pensar vemos que fue una oportunidad para cambiar algo que no encajaba en nuestros propósitos y gracias a ello algo cambió. Sé qué es duro cuanta mayor responsabilidad se tenga con personas que dependan de uno (familia, hijos, mayores enfermos,…), pero también sé que el hombre tiene una capacidad para sobreponerse a las dificultades que debe utilizar: ésa es la resiliencia.

No sé si en mayor o menor medida, dependerá de las circunstancias, pero la capacidad de afrontar la adversidad y salir fortalecido debe acompañarnos en ese caso en que un entorno profesional – laboral genera una carga excesiva sobre nuestra energía vital, capaz de limitarla y minimizarla. Considero que el hombre racional es capaz de arrimar el hombro cuando las condiciones lo requieren, pero a veces resulta que quien tiene poder para ordenar hace uso del miedo, de su fuerza y de la debilidad de la multitud para no respetar derechos y libertades que hace mucho que quedaron abolidas con la esclavitud. Por ello considero que la pérdida de un entorno profesional insano es una oportunidad para reconvertirse, para valorar el trabajo realizado y para aprovechar la ocasión para volver a estudiar, formarse y culturizarse, investigar, innovar y embarcarse en nuevos proyectos que si creemos en ellos llegarán a buen puerto.

Hay que dejar que el tiempo cure las pérdidas, porque en el preciso instante en que comprendemos su presencia, habremos descubierto la oportunidad que traen consigo. Como dice Albert:

“A veces las pérdidas serán pequeñas, otras veces las pérdidas serán grandes, pero si te acostumbras a entenderlas, a enfrentarte a ellas, al final te darás cuenta de que no existen como tal. Cualquier pérdida es una ganancia.”

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